Siete días a vela por los cayos de Belice

Diario de a bordo del Mango, un velero francés que navega entre cayos, bahías y reservas de vida marina en la segunda barrera de coral más grande del mundo, cerca de las costas de un destino diferente, no tan transitado

Imagen de un velero
Siete días a bordo de Mango.

Mango tocó el agua por primera vez hace cinco años. Fue construido en Francia por uno de los astilleros más perfeccionistas, con dos camarotes de cama doble, un baño con ducha caliente, aire acondicionado, cocina completa y una gran mesa, rodeada de sillones de cuerina blanca. Todo brilla, tanto en la cabina como en el copit: los metales de los molinetes, las cornamusas, la rueda de timón, la botavara, el mástil por donde sube la mayor, inmensa, blanquísima.

Mango tiene un motor de treinta caballos, pero fue diseñado para navegar a vela, más despacio que a gasoil pero en silencio, elegante. Hace cinco años cruzó el Atlántico hasta Belice, donde su casco probó por primera vez la sal de mar. Desde entonces, navega en manos de tripulantes como nosotros, que llegan de distintos países y lo toman prestado por unos días.
En este caso, Mango sería nuestra casa por una semana, el vehículo con el que el capitán Juan Dordal, mi marido, yo, la segunda de a bordo, y el bebe Ulises, de 7 meses, zarparíamos desde la Bahía de Placencia para recorrer cayos y bahías protegidas por la segunda barrera de coral más grande del mundo.

Imagen de una pareja con su pequeño hijo en un atracadero.
Una pareja de argentinos junto con su bebe de 7 meses navegaron siete días por Belice en velero.

Diego se presentó sin apellido, en un inglés cerrado, con un apretón de manos. De proa a popa, conoce a Mango en cada recoveco, cada detalle, cada maña. Se trata de uno de los pocos monocascos que quedan en la marina de The Moorings: “En general la gente prefiere alquilar catamaranes, porque no escoran y tienen más espacio interior, son más similares a casonas flotantes que a un barco. Los monocascos son para verdaderos navegantes”.

Con él repasamos todo el instrumental, procedimientos y pronóstico meteorológico antes de zarpar aquella mañana de febrero. “Va a soplar bastante toda la semana, entre 20 y 30 nudos. El tiempo va a estar bueno, pero nunca se fíen: acá se da un fenómeno llamado squall, una nube aislada que trae cañonazos de viento, como una turbonada repentina; pero así como llega, se va”.
Experto en la zona, Diego nos señaló en la carta náutica las mejores bahías para fondear y pasar la noche, y nos advirtió sobre bajo fondos y piedras no actualizadas en el GPS: “En Belice se navega con los ojos puestos en el agua, donde vean que se pone demasiado turquesa, dan un timonazo y siguen para otro lado, porque pueden venir navegando con 20 metros de profundidad, y de repente, de la nada, aparece una montaña de corales”.
Es la pesadilla de los navegantes. Todo está bien mientras hay agua a sotavento y bajo la quilla, en cambio, los barcos se pierden en tierra, como bien reza el título del libro de Pérez-Reverte.
La costa de Belice no es de las más sencillas para navegar, pero lo que tiene de intrincada, lo tiene también de bella: en siete días nadaríamos con mantarrayas, tortugones centenarios y tiburones de coral, navegaríamos varias millas junto a una familia de delfines adultos y delfines bebe, fondearíamos en una bahía repleta de cocodrilos y manatíes, veríamos pasar la tormenta tropical más espectacular y un arcoíris de inicio a fin sobre un mar que de a poco volvía a su calma natural.
Es un destino poco promocionado, visitado, explotado, porque es Riviera Maya pero no México; porque es Caribe, pero no una isla; porque es Centroamérica, pero responde a la reina de Inglaterra.
En Belice se habla inglés, se toma cerveza Belikin, se come arroz con frijoles y se paga, indistintamente, con dólares beliceños o estadounidenses. Es un país chico, con una superficie similar a la de la provincia de Tucumán y menos de 400 mil habitantes según el censo de 2015. Esto último se traduce en grandes extensiones de selva, sabana, matorrales y bosque virgen, aproximadamente, el 80% del territorio total.
Y en el agua, Belice cuenta 450 islas y cayos, y tres de los cuatro arrecifes de coral que hay en el hemisferio occidental.
Primeras escalas
Desplegamos la carta sobre la mesa de navegación. Desde la Bahía de Placencia, donde hicimos la primera escala para abastecer la heladera y las alacenas de Mango, medimos 18 millas náuticas en línea recta (33 kilómetros) hasta Pelican Cays; aunque claro, a vela el camino nunca es recto. El viento soplaba justo de donde queríamos ir a pasar la noche, así que tiramos bordes para un lado y para el otro durante varias horas para poder llegar.

En la imagen aparece una señora joven con su pequeño hijo en un velero.
Una pareja de argentinos junto con su bebe de 7 meses navegaron siete días por Belice en velero.

Cuando se navega a vela, todas las direcciones son posibles menos de donde viene el viento, por lo que, en esos casos, hay que ir al menos 35° a estribor (derecha) o 35° a babor (izquierda). Pelican es un grupo de varios islotes, casi todos de manglar, y sólo uno de ellos está habitado, Hideaway Cay. “No tenía nombre, se lo pusimos nosotros. Compramos la islita en el 2004, habíamos venido a Belice por primera vez en nuestra luna de miel”, nos contó Kim mientras decoraba el muelle con unos caracoles XXL. Ella y su marido, Dustin, nacidos y criados en Florida, vivieron 13 años en su velero antes de conseguir el préstamo que les permitió comprar este pedacito de paraíso, en el medio de la nada.
Kim tiene el pelo lacio, rubio y corto, una gargantilla con un velerito de nácar que le regaló su suegra, dos perros, y una hija que la sigue de cerca, Byama. Él es morrudo, rapado, usa gafas deportivas, caza y pesca todo lo que ofrecen en el restaurante por las noches: langosta, snapper, grouper, conk.
En general, en este viaje fondeamos. A diferencia de otros destinos náuticos, en Belice hay muy pocas boyas de las que amarrar los barcos, y las que están, no son garantía de nada. De hecho, el día que zarpamos, Renee Brown, jefa de base de The Moorings en Belice, nos contó que unos días atrás se había cortado la cadena de una boya, dejando a la deriva a uno de los barcos de la flota. La anécdota nos sirvió de advertencia y pasamos las siete noches al ancla. Eso sí, siempre buscábamos buenos fondaderos, esto es, que estuvieran protegidos del viento y la marea, que tuvieran la profundidad justa, y en todos los casos, buceábamos para chequear que el ancla hubiera agarrado bien en el fondo de arena.
Salvo por una vez, en Twin Cays, un cayo al que se accede por un paso angosto y que luego se abre en una gran laguna, todo perimetrado por manglares, recomendado especialmente por Diego para pasar noches de mucho viento: “Es el único lugar en el que no se puede, repito, no se puede, hacer snorkeling”, nos había dicho. Resulta que los Twin Cays están habitados por manatíes, que no representan ninguna amenaza, y cocodrilos, que sí representan una amenaza. De más está decir que acá los cocodrilos fueron introducidos por el hombre. Por eso, esa vez, preferimos no bucear el ancla.
Norte oscuro, temporal seguro
A vela los tiempos son otros. Muy lejos de las rutinas de un viaje tradicional, o mejor dicho, de un viaje que no es a vela, siete días a bordo de Mango fueron siete amaneceres y siete atardeceres, muchas horas con los ojos clavados en el mar y repasando el horizonte, infinitos chapuzones, desembarcos imprevistos con fines exploratorios, cambios de rumbo repentinos por cuestiones climáticas, cenas en el copit bajo las estrellas, estrellas fugaces, siestas con el son del mar y largas noches de filosofía casera.

En la imagen aparece un pelícano sobre agua
Una pareja de argentinos junto con su bebe de 7 meses navegaron siete días por Belice en velero.

A vela se corre en regatas, pero en plan crucero, de vacaciones, nadie tiene ganas de ir demasiado rápido a ningún lugar. Mucho menos si hay temporal. En Twin Cays, el cayo de los cocodrilos y manatíes, vimos llover como nunca antes. Cortinas de agua golpearon la cubierta de Mango durante horas, muchas horas. El primer día aprovechamos para amarinar el barco, limpiar un poco, jugar a las cartas, leer, escribir, cocinar. Pero al segundo día de lluvia torrencial nos pusimos inquietos y Mango, el mismo barco que nos pareció inmenso al principio, nos quedó apretado. Afuera, el agua no mojaba, dolía. “Por allá veo un hueco celeste”, decía alguno con mucha ilusión. Pero al rato el hueco se tapaba y así, con tan poca visibilidad, no se podía navegar en el mar de Belice. “Hay que pensar como navegantes, no como turistas”, respondía el capitán cada vez que yo insistía con el hueco celeste, y el itinerario, y todos los lugares que había marcado en la carta para conocer en ese día. Paciencia, que todo concluye al fin, y la lluvia también, incluso esta lluvia. El cielo se abrió de a poco, las ráfagas de viento amainaron, y entonces pudimos dejar Twin Cays en la popa. Nos sacamos las ganas y navegamos varias millas antes de poner rumbo a nuestro siguiente destino: Hatchet Cay, una isla que es resort, con boyas en todo su perímetro, piscina, bar y restaurante.
Queen Cays
En Hatchet tienen permiso para ofrecer excursiones a Queen Cays, una reserva de vida marina a la que se accede sólo con guía local y pagando un ingreso por día. Había otros barcos cuando llegamos, dos catamaranes de The Moorings y tres monocascos con banderas extranjeras: francesa, alemana e inglesa. Más tarde ese mismo día, entre cócteles en la barra de Hatchet, charlaríamos con los tripulantes de esos barcos, que habían cruzado el Atlántico hacía varios meses y estaban recorriendo las islas del Caribe en pareja, los franceses, en familia, los alemanes, y con amigos, los ingleses.
“John”, se presentó con una sonrisa un poco forzada. Acababa de regresar con un grupo y le tocaba salir de nuevo con nosotros. Tuvimos que esperarlo casi media hora mientras almorzaba, pero con la panza llena, John recuperó las ganas: “¿Ya tienen las máscaras y las patas de rana?, entonces, ¡nos vamos!”
Salimos en una de las lanchas del resort por un canal angosto, delimitado por boyas verdes y rojas a los costados, para no lastimar los corales con el motor. Anduvimos unos 15 minutos hasta que John apagó la máquina y empezó a zapatear el piso de la lancha.

En la imagen aparece un niño observando algunas imágenes
Una pareja de argentinos junto con su bebe de 7 meses navegaron siete días por Belice en velero.

Esa era su técnica para convocar a las estrellas de esta excursión. La lancha estaba rodeada cuando nos lanzamos a explorar. Resulta que en ese lugar antiguamente iban barcos pesqueros y estos bichos se alimentaban de las sobras que no le interesaban al mercado. En ese rato de snorkeling vimos cinco tortugas inmensas, tres tiburones de coral descansando en la sombra de la lancha, varias mantarrayas y algunos peces de colores.
De regreso en Hatchet, en el restaurante Lionfish Grill, cenamos ceviche de frutos de mar con bastante cilantro y una canasta de pan crocante repleta de fish & chips.
Mal de tierra
Después de varios días y noches en el mar, quien no se había mareado hasta entonces, se mareó ahora. La tierra estaba demasiado quieta, no había que compensar más mirando la línea del horizonte, incluso, nos costó bastante conciliar el sueño la primera noche en el hotel que elegimos en Placencia.
Es el famoso Mal de Tierra, que en este caso se sumaba a la tristeza de tener que desembarcar de Mango y seguir viaje a pie, por unos días más, hacia el norte de Belice.
En la última pierna hasta la marina de The Moorings, una familia de delfines nos ayudó a paliar el bajón saltando alrededor del barco, jugando con las olas que se formaban en la estela.
Ya en la bahía, Diego nos ayudó a meter a Mango en su estrechísima amarra, nos hizo completar unos formularios y nos llamó un taxi. Así de simple terminaba nuestra aventura con Mango. Como un candidato que no vuelve a llamar, Mango empezaría un nuevo viaje al día siguiente, timoneado por otros navegantes. Muy probablemente, no nos volveríamos a ver.
Datos útiles
Cómo llegar
Desde el aeropuerto de Ezeiza, American Airlines ofrece vuelos a Belize City, con una escala en Dallas, por US$ 1300. Con dos o más escalas, hay vuelos desde US$ 800 con Avianca. Desde la capital de Belice hasta Placencia, donde está la base de The Moorings, hay unos 200 kilómetros que se pueden hacer en buses de línea o tránsfers.
Todos a bordo
El barco: con más de veinte bases, The Moorings es una de las compañías de alquiler de monocascos y catamaranes más grandes del mundo. En Belice, alquilar un velero como Mango cuesta desde US$ 2785 por semana. Para quienes no sepan navegar o prefieran contar con una tripulación experta a bordo, se puede contratar un skipper por US$ 150 por día. www.moorings.comDormir y comer
Hatchet Resort: ocupa una isla entera, tiene piscina, cabañas, dive center y restaurante a la carta. Dormir, con todas las comidas, traslados desde Placencia y excursiones, cuesta US$ 300 por día, por persona. También ofrece servicios para quienes llegan a vela. www.hatchetcaye.com
Maya Beach Hotel Bistro: en tierra, la mejor opción. Tiene cabañas con decks sobre la arena, hamacas, reposeras y un restaurante multipremiado a nivel internacional: entre los preferidos de la carta está el Cacao Pork -costillas de cerdo rebozadas en cacao con risotto y mantequilla de chipotle, papaya y coco- y el Lobster Bread Pudding (langosta en pan brioche con hongos en salsa de brandy).www.mayabeachhotel.com
Hideaway Cay: Kim cocina lo que Dustin pescó ese mismo día. Una langosta entera cuesta US$ 25. También ofrecen delivery a los barcos que se fondean en The Pelicans. www.hideawaycaye.com
Constanza Coll
Fuente: lanacion.com

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