La muerte de un emperador

El 16 de junio de 1867, el Consejo de Guerra condenó a muerte a Maximiliano y a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía. La ejecución sería a las tres de la tarde, y los sentenciados se prepararon para la muerte. Oyeron misa y comulgaron; el monarca, de buen humor, comentó: “Esto de morir es mucho más fácil de lo que me había figurado”; dictó luego las disposiciones pertinentes para el cuidado de su cadáver y pidió que lo sepultaran junto a la emperatriz.

La entereza que demostró ante la perspectiva de la muerte ha causado la admiración de sus biógrafos, quienes no llegaron a sospechar que tal fuerza de voluntad, desconocida en él, era más producto de la cercanía inminente de la liberación total que de la fortaleza de su carácter.

En efecto, para Maximiliano, la muerte era el último escape, la huida perfecta, el viaje sin retorno que tanto deseaba para esquivar las responsabilidades y las penas de este mundo. Cualquier cosa, incluso la muerte, era mejor que volver a Europa fracasado, a contemplar por siempre a una mujer demente.

Sin embargo, no lo ejecutaron ese día. El gobierno de Juárez, si bien no concedió el indulto, autorizó una prórroga de la ejecución por tres días. El emperador tomó la noticia con tristeza: “Lo siento; yo ya me había despedido de este mundo”.

Se ha rumorado mucho sobre las razones de este aplazamiento, atribuyéndoselas a las gestiones masónicas que pretendían salvar a Maximiliano, quien en su calidad de masón —aceptó incluso ser llamado protector de la orden— debía ser protegido por Juárez, otro masón. Es posible que así haya sido; se deduce lo anterior de un folleto masónico escrito por Agustín Beraud, donde se explican los motivos que llevaron finalmente a don Benito a ejecutar a su “hermano” Maximiliano: “Juárez había leído en una de las obras del virtuoso y célebre masón Francisco de Salignac de la Mote Fenelón que ‘el hombre se debe mucho a sí mismo, debe más a su familia, todavía más a su patria y, por último, muchísimo más a la humanidad’”. Esta progresión establece muy claramente el principio de la mayoría. Juárez prefirió sacrificar a su propio hermano que perder y sacrificar la autonomía y las instituciones liberales que debían salvar a ocho millones de habitantes.

El 18 de junio, el emperador lo aprovechó para departir con los hombres con quien debía ser ejecutado. Tenía gran estimación por Miguel Miramón, a quien lamentaba haber conocido tan tarde. Entrados en confianza, dicen algunos, el mexicano le confesó que estaba en ese predicamento por no haberle hecho caso a su mujer. Maximiliano le dijo en respuesta: “No tenga pendiente, general, yo estoy aquí por haberle hecho caso a la mía”. Probablemente sea falsa la anécdota, pero retrata fielmente la historia del monarca y su trágico fin.

Ese mismo día, Maximiliano escribió dos cartas muy importantes; la primera al Papa Pío IX, para descargo de su conciencia y para salvar su alma:
Al partir para el patíbulo a sufrir una muerte no merecida, conmovido vivamente mi corazón y con todo el afecto de hijo de la Santa Iglesia, me dirijo a Vuestra Santidad dando la más cabal y cumplida satisfacción por todas y cada una de las faltas que pueda haber tenido para con el vicario de Jesucristo y por todo aquello en que haya lastimado su paternal corazón, suplicando alcanzar, como lo espero de tan buen Padre, el correspondiente perdón. También ruego humildemente a Vuestra Santidad no ser olvidado en sus cristianas y fervorosas oraciones y, si posible fuere, aplicar una misa por mi pobrecita alma.
La segunda, para descargo de su fama póstuma, la escribió por estar consciente de su ingreso a la historia. Se la envió al presidente Benito Juárez:
Próximo a recibir la muerte, a consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término a la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida si su sacrificio puede contribuir a la paz y prosperidad de mi nueva patria. Íntimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro a usted, de la manera más solemne, y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame, y para que la misma perseverancia, que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad, con que ha defendido usted la causa que acaba de triunfar, la consagre a la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera más estable y duradera la paz y la tranquilidad de este país infortunado.
Un homenaje a Juárez y a él mismo. Maximiliano intuyó que la historia los volvería personajes inseparables, hermanados en los libros y en la leyenda. Nunca pudo verlo en persona, como lo había deseado tanto, pero sus nombres se han ligado para siempre: Juárez y Maximiliano, los actores de una de las páginas más dramáticas de nuestro pasado.
* * *
A las tres y media de la mañana del 19 de junio de 1867, Maximiliano se levantó y se vistió de traje negro. Luego recibió a su confesor y escuchó la misa acompañado por Miramón y Mejía. A las cinco de la mañana desayunaron; les llevaron pollo, pan, café y media botella de vino tinto. Media hora más tarde llegó la escolta que los conduciría al Cerro de las Campanas. Con paso firme, Maximiliano abandonó su celda y salió a la calle, donde esperaban los coches en los que los llevarían al patíbulo. Cuando vio los primeros rayos del sol, exclamó: “¡En un día tan hermoso como éste quería morir!”.

Al llegar al cerro, los tres reos se encaminaron hacia el sitio de la ejecución, donde los esperaban cuatro mil soldados republicanos formando un cuadro. Maximiliano repartió algunas monedas entre los soldados del pelotón de fusilamiento y luego pasó a ocupar su lugar; dejó a Miramón la posición de honor, en el centro, diciéndole: “General, un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas”.

En seguida, se quitó el sombrero y limpió el sudor de su frente con un pañuelo; le dio ambos objetos a su criado Tüdos, con la recomendación de que se los diera a su madre, la archiduquesa Sofía: “decidle que mis últimos pensamientos fueron para ella”. El oficial al mando del pelotón se le acercó para pedirle que lo disculpara; Maximiliano le respondió: “Nada tengo que perdonaros; un oficial cumple con su deber. Agradezco en el alma los generosos sentimientos de su corazón y me complazco en manifestarle que lo aprecio”.

En el Cerro de las Campanas, Maximiliano, Miramón y Mejía se disponían a morir. Antes de hacerlo, y antes también de que los oficiales dieran las órdenes, el primero hizo uso de la palabra, gritando con voz estruendosa para que todos lo oyeran: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”

En seguida habló Miguel Miramón; Tomás Mejía nada dijo y su silencio se extendió a los alrededores, sólo interrumpido por las órdenes de los oficiales. Después sonaron los disparos. Maximiliano cayó al suelo y dicen que entre estertores murmuraba: “¡Hombre! ¡Hombre!”. Le dieron un tiro de gracia en el corazón.
* * *
La esposa de Maximiliano, la emperatriz Carlota, le sobrevivió 60 años en medio de la demencia. Pasaba los días platicando con un maniquí de trapo, tamaño natural, al que llamaba “Max” y titulaba “amo de la Tierra y soberano del universo”. En algún momento de lucidez, le comunicaron el fatal desenlace del Cerro de las Campanas, y ella reconoció que Maximiliano “no podía haber perecido más noblemente”. Llegó a idealizar la muerte de su esposo: literalmente, lo amó hasta la locura; decía que “siempre he intentado hacerme digna de aquel a quien la Providencia me había unido, y ¡ojalá el resto de mi vida pueda beneficiarme también de haberle pertenecido!”. La Providencia, en efecto, la benefició privándola de la razón para que no se diera cuenta de lo que había pasado y de la responsabilidad que ella tenía en la historia de ambos.
A veces, le daban ataques repentinos de llanto frente al muñeco de trapo; entonces parecía que recordaba todo: “Yo soy quien debe ser culpada de todo, mi querido bienamado […] Tus miradas están sobre mí dondequiera que yo esté, y oigo dondequiera tu voz”. Luego, sonriendo otra vez, se sentaba al piano y le interpretaba a “Max” su melodía favorita: el Himno Nacional Mexicano.

Por José Manuel Villalpando
Fuente: www.bicentenario.gob.mx

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